Para el escolapio, la entrega a los niños y jóvenes es la más genuina expresión del encuentro con Cristo. Desde el nacimiento de nuestra Orden, este “secreto calasancio” nos ha marcado profundamente: “Quien acoge a uno de estos pequeños en mi nombre, me acoge a Mí” (Mc 9, 37). Calasanz se refiere a este texto en su Proemio, y lo hizo carne propia toda su vida.
Descubrirnos amados, llamados y enviados es el gran desafío de la Iglesia en estos tiempos ante una cultura que no favorece estos dinamismos. Muchos jóvenes viven sin proyectos, sin las grandes preguntas (esenciales para elaborar un proyecto de vida) que deben animar y acompañar nuestro peregrinar por la vida. Seguro que te ha pasado con otros compañeros de universidad o de tu trabajo: que te ven “diferente” por estar tan metido en este compromiso con los niños/as y jóvenes, y les extraña que te veas a ti mismo siempre “en misión” Y es que vivimos en una cultura “de la distracción”, en vez de una cultura “de la misión”; una cultura que induce a los jóvenes a contentarse con proyectos modestos, que están muy por debajo de sus posibilidades. Pero todos sabemos que, en realidad, en el corazón de cada joven existe inquietud e insatisfacción ante conquistas efímeras; que existe en ellos el deseo de crecer en la verdad, en la autenticidad y en la bondad; que están a la escucha de una voz que los llame por su nombre. “Ante la cultura de la distracción, y de lo efímero que anula los interrogantes serios nosotros queremos optar por un estilo de vida que nos hace amigos de las grandes preguntas”.
En este sentido una cultura vocacional “es un ambiente social, un hábitat que favorece el que cada persona, cada familia y entidad, se comprenda a sí misma en función de una misión confiada por Dios para la construcción del Reino”.











